Edición en español
Capítulo 4
Al día siguiente comenzaron las visitas de compromiso, según el orden que la costumbre mandaba. Newland Archer, con la señora Welland y May a su lado, subió al carruaje familiar para cumplir el primer deber, el más sagrado de todos: presentarse ante la cabeza del clan, la abuela Manson Mingott, y recibir su bendición en persona.
El carruaje avanzó por la Quinta Avenida hacia el norte, más allá de las últimas casas respetables, hasta donde la ciudad se deshacía en solares vacíos, cercas de madera y calles a medio abrir. Los adoquines terminaban; empezaba el campo pelado. Alrededor se extendía un desierto pintoresco, mitad ciudad y mitad campo: canteras a cielo abierto, tabernas de un solo piso, invernaderos de madera torcidos en jardines harapientos, y grandes rocas desde donde las cabras contemplaban la escena como espectadoras indiferentes. Y allí, sola en medio de aquel desierto, se alzaba la extraña casa de la vieja señora Mingott: piedra color crema a la moda de París, con sus ventanas francesas que se abrían como puertas, cuando todo Nueva York seguía fiel a la piedra parda y a las ventanas de guillotina. La anciana había resuelto el problema de su enorme peso con una audacia más: instalarse por completo en la planta baja, contra toda costumbre decente. Y así, sentada junto a la ventana de su sala, parecía esperar con perfecta calma a que la vida y la moda subieran, calle a calle, hasta su puerta. Nunca mostró la menor prisa por que llegaran, porque estaba segura de que llegarían. Con la paciencia de quien ha visto crecer la ciudad entera, veía acercarse las casas nuevas, los carruajes elegantes, las tiendas de lujo — todo subiendo lentamente hacia ella, como una marea que nadie puede detener. Esperar, en ella, era otra forma de reinar.
La inmensa gordura había caído sobre Catherine Mingott en la madurez, como una nevada cae sobre una ciudad antigua: había cambiado por completo su paisaje sin tocar su espíritu. Alrededor del rostro pequeño, firme y casi sin arrugas — un rostro que se negaba a envejecer —, las capas de carne se ordenaban en oleadas tranquilas, como las faldas de una montaña. Y en el centro de aquella montaña vivían, alegres y despiertos, dos ojillos claros que no se perdían nada. Sobre las olas de seda negra que la envolvían de los hombros a los pies, reposaban dos manos diminutas y blancas, quietas como palomas sobre un tejado. Un pequeño retrato de su difunto marido, en miniatura, iba prendido siempre sobre su pecho. Era el retrato mismo de una vejez imperial: inmóvil, satisfecha, poderosa — y secretamente divertida con el espectáculo interminable del mundo.
Desde la sala donde los recibió se veía, por una puerta que nunca se cerraba, su dormitorio de la planta baja: la gran cama baja tapizada como un sofá, el tocador con volantes de encaje y espejos de marco dorado, las cortinas recogidas con cintas. A los visitantes aquella disposición los sorprendía y los escandalizaba a partes iguales, porque recordaba — aunque pocos lo confesaran — las escenas de las novelas francesas, esas habitaciones de intriga que el honrado Nueva York jamás había imaginado en una casa decente. Así vivía la vieja Catherine: con su alcoba a la vista del mundo, tranquila como una reina en su trono, sin sospechar siquiera que alguien pudiera encontrar en ello nada extraño. A Newland Archer, en secreto, todo aquello le divertía enormemente. Aquella casa era el escenario perfecto de una vida que había hecho de la audacia una virtud doméstica — y pensó, con una sonrisa interior, que las novelas francesas habrían dado cualquier cosa por una heroína así.
Para alivio general — aunque nadie lo dijera en voz alta —, la condesa Olenska no estaba en la sala: había salido, explicó la abuela, en una mañana tan hermosa. Así la visita pudo seguir su curso perfecto, sin sombras, sin silencios incómodos, sin el peso de aquel pasado infeliz sobre el futuro radiante que venían a celebrar. La señora Mingott recibió la noticia del compromiso con verdadera alegría. Aquella boda, esperada desde hacía años por todos los parientes, había sido examinada y aprobada en consejo de familia hasta el último detalle. Y el anillo de compromiso — un gran zafiro azul profundo, engastado en garras invisibles que lo dejaban casi flotando sobre el oro — pasó de mano en mano hasta llegar a los ojillos brillantes de la anciana, y recibió su bendición completa.
El anillo pasó de mano en mano, y cada una lo inclinaba bajo la luz para hacer arder la piedra azul. 'Es la montura nueva,' explicó Newland; 'la piedra queda al aire y luce mucho más.' 'Ah, luce muy bien,' dijo la anciana, acercándose el anillo a los ojos. 'Muy hermoso. En mis tiempos bastaba un camafeo rodeado de perlas, y nos parecía el colmo del lujo. Pero es la mano la que hace lucir el anillo, ¿no es cierto, querido Archer?' Y agitó en el aire una de sus manos diminutas, de uñas pequeñas y redondas como las de un niño. 'La mía la modeló en Roma el gran Ferrigiani. Deberían hacer la de May: seguro que ahora es grande — estos deportes modernos ensanchan las articulaciones — pero la piel es blanca. Y con ese anillo, la mano de mi nieta puede enseñarse donde sea.' May sonrió, ruborizada, y Newland miró a su prometida con una ternura orgullosa; junto a la ventana, el sol de invierno caía sobre el zafiro como una promesa. La conversación giró un momento, amable, alrededor de manos, piedras y tiempos pasados.
'¿Y cuándo es la boda?' — cortó de pronto la anciana, mirando a Newland de frente. El joven, sonriendo a su prometida, respondió: 'Cuanto antes, si usted me apoya, señora Mingott.' '¡Hay que darles tiempo de conocerse un poco, mamá!' protestó la señora Welland, con la falsa resistencia que la costumbre exigía. Y la abuela replicó, gozosa: '¿Conocerse? ¡Tonterías! En Nueva York todo el mundo se conoce desde la cuna. Que se casen antes de Cuaresma; en cualquier invierno me da una pulmonía, y quiero ser yo quien dé el banquete de bodas.' Las risas celebraron la amenaza — tan saludable parecía la anciana —, y con esa risa quedó todo dicho y todo aprobado.
En ese momento la puerta se abrió de par en par, y entró la condesa Olenska: sombrero, capa corta, las mejillas encendidas por el aire frío. Y detrás de ella, inesperado y enorme, Julius Beaufort. En la sala, las sonrisas se detuvieron un instante.
'¡Ah, Beaufort! ¡Qué honor tan raro!' saludó la anciana con un tono extraño, mitad burla y mitad favor: los caballeros no solían visitarla, y aquella pieza mayor le encantaba. 'Encontré a la condesa en Madison Square,' explicó el banquero con su aplomo de siempre, 'y tuve la suerte de que me dejara acompañarla.' Las señoras Welland saludaron con una frialdad perfecta mientras la abuela ordenaba: 'Siéntese aquí, Beaufort; acerque ese sillón amarillo. Ahora quiero chismes, y de los buenos. Sé que su baile fue espléndido. Y sé que invitaron a la señora Struthers — la viuda del betún de zapatos. ¿Cómo es esa mujer? ¿Es verdad que canta en las veladas del domingo?' Y mientras la vieja Catherine disparaba preguntas y Beaufort respondía riendo, sin esquivar ninguna, Archer observaba divertido la escena: la matriarca implacable y el banquero de pasado turbio entendiéndose a las mil maravillas, como dos grandes potencias que se reconocen de lejos. Luego la anciana declaró, franca como siempre, que Nueva York se estaba volviendo aburrido, que la sociedad necesitaba sangre nueva y dinero nuevo, y que la gente que sabía dar una fiesta, como Beaufort, valía más que muchos guardianes de sillones. Las señoras Welland bajaron la vista a sus guantes, sin decir nada — pero la abuela ni se inmutó. La formal visita de compromiso se había convertido, sin remedio, en una tertulia sobre gente imposible — y lo más curioso era que nadie parecía lamentarlo.
Cuando los Welland se levantaron para despedirse, la condesa Olenska los acompañó hasta el vestíbulo. Allí, mientras May y su madre se abotonaban las pieles, Ellen se volvió hacia Archer y le tendió la mano desnuda, sonriendo con franqueza. 'Qué bien que ya todo se sepa entre nosotros, y que ya no sea un secreto,' dijo. 'Venga a verme algún día, por la tarde. Quiero hablar largo con usted.' Archer se inclinó sobre la mano, murmuró algo cortés, y salió a la calle llevándose aquellas palabras clavadas: tan sencillas, tan directas — y tan perfectamente contrarias a todas las costumbres de su mundo, donde una dama esperaba siempre a que el caballero pidiera permiso para visitarla.
El carruaje bajó por la Quinta Avenida en la luz declinante de la tarde de invierno, entre las filas pardas de casas iguales. Durante todo el camino, ni la señora Welland ni May pronunciaron una sola vez el nombre de Ellen Olenska; Archer comprendió que aquel silencio educado también era una regla del código: se comenta lo agradable, se calla lo demás. Pero él, mirando por la ventanilla los portales y las cornisas que desfilaban, no pensaba en otra cosa. La mano tendida sin guante, la sonrisa franca, aquel 'venga a verme' dicho como la cosa más natural del mundo. Y con una punzada que no supo nombrar — mitad censura, mitad curiosidad —, comprendió que la prima de su prometida era la única persona de todo Nueva York que no jugaba con las reglas del juego.