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Capítulo 30

Aquella noche, cuando Archer bajó antes de la cena, el salón estaba vacío. Él y May cenarían solos: la enfermedad de la señora Manson Mingott había aplazado todas las reuniones familiares. Como May era la más puntual de los dos, le extrañó no encontrarla ya abajo. Sabía que estaba en casa, pues mientras se vestía la había oído moverse en su cuarto. Se preguntó qué la habría retrasado. Archer se entregaba a menudo a esas conjeturas menudas; sentía que eran un modo de atar su pensamiento a la realidad. A veces le parecía haber comprendido por fin por qué su suegro, el señor Welland, se absorbía en asuntos insignificantes. Quizá también él, hace mucho, había conocido impulsos o fantasías de fuga como los de Archer, y desde entonces se defendía tras el parapeto de la vida doméstica.

Cuando May apareció, él la encontró cansada. Llevaba el vestido de noche muy escotado y ceñido que el ritual de los Mingott exigía incluso en las ocasiones más informales, y el cabello rubio recogido en las habituales vueltas superpuestas; pero su rostro, en comparación, se veía pálido y casi apagado. Aun así le dirigió la sonrisa suave de siempre, y sus ojos conservaban el deslumbre azul de la víspera. '¿Qué te pasó, querido?', preguntó. 'Te esperé en casa de la abuela, y Ellen llegó sola y dijo que te habías bajado a media calle por un asunto urgente. ¿No habrá ocurrido nada malo?' 'Solo unas cartas que no había enviado y quería despachar antes de la cena.' 'Ah...', dijo ella. Y al cabo de un instante: 'Si no era urgente, podrías haber venido a casa de la abuela.' 'Era urgente', respondió Archer, sorprendido por su insistencia. 'Y además, no sé por qué debía ir a casa de tu abuela. Ni siquiera sabía que estuvieras allí.' May se volvió y fue hacia el espejo de la chimenea. Mientras estaba allí, alzando los largos brazos para sujetar un mechón escapado del complicado peinado,

Archer percibió en su postura algo lánguido y sin brío, y se preguntó si la monotonía de sus vidas no pesaba también sobre ella. Entonces recordó de pronto que, al salir él por la mañana, May le había gritado desde lo alto de la escalera: 'Nos vemos en casa de la abuela.' Era para volver juntos en el carruaje. Él había contestado alegremente '¡Sí!', pero, absorto en otros pensamientos, había olvidado la cita. Ahora sentía una culpa leve, y a la vez le irritaba que, después de casi dos años de matrimonio, May guardara en el corazón un descuido tan pequeño y se lo reprochara. Estaba harto de aquella luna de miel tibia, sin pasión y con todas sus exigencias. Si May hubiera mostrado sus quejas —y él suponía que tendría muchas—, quizá habría podido reírse. Pero la habían educado para ocultar tras una sonrisa espartana incluso las heridas imaginarias. Para disimular su fastidio preguntó por la salud de la abuela, y May contestó que la señora Mingott seguía mejorando, aunque la habían alterado ciertas noticias recientes sobre los Beaufort. '¿Qué noticias?' 'Parece que han decidido quedarse en Nueva York. Dicen que Beaufort quiere dedicarse a los seguros.

Están buscando una casa pequeña.' Aquel absurdo no merecía discusión, y pasaron al comedor. Durante la cena hablaron de lo de siempre, pero Archer notó que su mujer no mencionaba a la señora Olenska ni la reacción de la vieja Catherine al verla. Se lo agradeció, y aun así le pareció de mal augurio.

Subieron a la biblioteca a tomar el café. Archer encendió un puro y sacó un tomo de historia de Michelet. Había empezado a leer historia por las noches porque May, si lo veía con un libro de poesía, tendía a pedirle que leyera en voz alta. No es que a él le desagradara oír su propia voz, pero le incomodaba que siempre pudiera prever lo que ella diría a continuación. En los tiempos del noviazgo —ahora lo comprendía— May se limitaba a repetir sus opiniones. Cuando él dejó de dárselas, ella empezó a formular las suyas, y eso le arruinaba el gusto de las obras que leía. Al verlo elegir el libro de historia, May trajo su cesta de labores, acercó una silla a la lámpara de pantalla verde y se puso a bordar un cojín para el sofá de su marido. No era muy hábil con la aguja: sus manos grandes y diestras servían mejor para montar, remar y el aire libre.

Pero, como otras esposas bordaban cojines para sus maridos, no quería perderse aquel último eslabón de la devoción. Bastaba que Archer levantara un poco los ojos para verla inclinada sobre el bastidor. Las mangas fruncidas caían de sus brazos firmes; el zafiro de compromiso brillaba sobre la ancha alianza en la mano izquierda, mientras la derecha atravesaba la tela con lentitud y esfuerzo. Al verla así sentada, con la frente nítida bajo la luz de la lámpara, Archer se dijo con secreta desesperación que siempre conocería los pensamientos que había detrás de aquella frente. En todos los años por venir, ella jamás lo sorprendería con un humor nuevo, una idea, una debilidad, una crueldad, una emoción. Había agotado su poesía y su romance en el breve noviazgo, y, desaparecida la necesidad, la facultad se había extinguido. Ahora maduraba hasta ser una copia de su madre, y por ese mismo camino intentaba convertirlo a él en el señor Welland.

Archer dejó el libro y se levantó, inquieto; May alzó enseguida la cabeza. '¿Qué ocurre?' 'El cuarto está cargado. Necesito un poco de aire.' Él había insistido en que las cortinas de la biblioteca colgaran de una barra, para poder correrlas hacia delante y hacia atrás. Así, en lugar de quedar sujetas bajo una cornisa dorada e inmóviles sobre los visillos, como en el salón, podían cerrarse por la noche. Apartó la cortina, levantó la ventana y se inclinó hacia la noche helada. Bastaba apartar la mirada de May, sentada junto a su mesa bajo la lámpara, y sentir que había otras casas, tejados y chimeneas, otras vidas distintas de la suya, otras ciudades fuera de Nueva York y un mundo entero más allá del suyo, para que se le despejara la cabeza y respirara mejor. Llevaba unos minutos asomado a la oscuridad cuando oyó a May: '¡Newland! Cierra la ventana, vas a resfriarte.' Cerró y se volvió. '¡Resfriarme!', repitió. Y para sus adentros quiso añadir:

'Pero si ya estoy resfriado. Ya estoy muerto. Llevo meses y meses muerto.' Y de pronto aquellas palabras despertaron en él una imagen intensa. ¿Y si la muerta fuera ella? ¿Y si ella fuera a morir, a morir pronto, y él quedara libre? De pie en la habitación tibia y familiar, mirándola y deseando su muerte, la sensación era tan extraña, tan fascinante y avasalladora, que el horror del pensamiento no lo alcanzó de inmediato. Sintió apenas que el destino le ofrecía una posibilidad nueva de la que colgar su alma enferma. Sí, May podía morir; la gente se muere. También los jóvenes sanos, también los tan sanos como ella. Podía morir y dejarlo libre de golpe. Ella levantó la vista, y sus ojos se agrandaron, como si hubiera percibido la extrañeza de su mirada. '¡Newland! ¿Te sientes mal?' Él negó con la cabeza y se dirigió al sillón. May se inclinó de nuevo sobre el bastidor, y al pasar él le puso la mano en el cabello. 'Pobre May...', dijo. '¿Pobre? ¿Por qué pobre?', preguntó ella con una risa tensa. 'Porque nunca podré abrir una ventana sin preocuparte', respondió él riendo. Ella calló un momento; luego, bajando la cabeza, dijo en voz baja: 'Nunca me preocuparé si eres feliz.' '¡Ah, querida, y yo nunca seré feliz si no puedo abrir las ventanas!' '¿Con este tiempo?', protestó ella.

Y Archer, con un suspiro, hundió la cabeza en el libro. Pasaron seis o siete días. Archer no tuvo noticia alguna de la señora Olenska, y advirtió que nadie de la familia pronunciaba su nombre delante de él. No intentó verla. Habría sido casi imposible mientras ella velaba junto al lecho de la vieja Catherine. En aquella incertidumbre se dejó llevar. En el fondo sabía que, la noche fría en que se asomó a la ventana de la biblioteca, algo había quedado decidido. Aquella decisión era tan firme

que podía esperar sin dar señal alguna. Un día May le dijo que la señora Manson Mingott deseaba verlo. No era nada sorprendente: la anciana se recuperaba sin pausa y siempre había declarado en público que Archer era su nieto político preferido. May transmitió el recado con expresión complacida: le enorgullecía que la vieja Catherine tuviera en tanta estima a su marido. Tras un breve silencio, Archer sintió que debía decir lo que correspondía. 'Muy bien. ¿Vamos juntos esta tarde?' El rostro de su mujer se iluminó, pero enseguida respondió: 'Oh, será mejor que vayas solo.

A la abuela la cansa ver siempre a las mismas personas.' A Archer le latía el corazón con violencia cuando llamó a la puerta de la anciana Mingott. Había deseado ir solo más que nada, seguro de que aquella visita le daría ocasión de hablar a solas con la condesa Olenska. Se había propuesto esperar a que la ocasión llegara por sí misma, y ahora había llegado. En ese mismo instante estaba ante la puerta. Detrás de ella, más allá de la cortina de damasco amarillo del pasillo, ella lo esperaría, y pronto podría verla. Podría hablarle antes de que lo condujera al cuarto de la enferma. Archer solo quería hacer una pregunta; después, su camino quedaría claro. Quería preguntarle la fecha de su regreso a Washington. Y a esa pregunta ella no podría eludir la respuesta. Pero en el salón amarillo esperaba la doncella mulata, cuyos dientes blancos brillaban como teclas, y que abrió la puerta corrediza

y lo condujo ante la vieja Catherine. Estaba sentada junto a la cama en un enorme sillón que parecía un trono. A su lado había una mesa de caoba con una lámpara labrada y pantalla de papel verde. No tenía a mano libros ni periódicos, ni rastro alguno de labor femenina: la conversación era su única distracción, y habría despreciado fingir interés por el bordado. Archer no encontró en su rostro huellas del ataque. Solo se la veía pálida, con sombras más densas en los pliegues y en los huecos de la carne. Con la cofia rizada atada tiesa entre los dos mentones, y una pañoleta de muselina cruzada sobre la bata violeta, parecía una abuela sabia y bondadosa entregada quizá con exceso a los placeres de la mesa. Sobre sus grandes rodillas descansaba, como un animal doméstico, una de sus pequeñas

manos, que ella tendió mientras decía a la doncella: 'No dejes entrar a nadie más. Si vienen mis hijas, di que duermo.' Cuando la doncella desapareció, se volvió hacia su nieto político. 'Hijo mío, ¿verdad que estoy hecha un adefesio?' Y se palpó con picardía los pliegues de muselina sobre el pecho, adonde ya no llegaban sus manos. 'Mis hijas dicen que a mi edad da igual ser fea. ¡Pero cuanto más vieja y más fea se pone una, más difícil es disimularlo, y peor!' '¡Abuela, está usted más espléndida que nunca!', contestó Archer en el mismo tono, y ella echó la cabeza atrás y rió. '¡Ah, pero no tanto como Ellen!', soltó de pronto, mirándolo con ojos traviesos. Y antes de que él pudiera contestar, añadió: 'Aquel día que la trajiste del ferry, ¿verdad que estaba terriblemente hermosa?' Él se echó a reír, y la anciana siguió: '¿Se lo dijiste, y por eso te hizo bajar a media calle? En mis tiempos, un joven no dejaba a una mujer hermosa, ¡a menos que lo echaran a la fuerza!' Rió otra vez a carcajadas y añadió, como disgustada: 'Ojalá se hubiera casado contigo. Siempre lo he dicho. Así me habría ahorrado todas estas preocupaciones. ¿Pero a quién se le ocurre ahorrarle preocupaciones a una abuela?' Archer se preguntó si la enfermedad le habría nublado el juicio. Pero ella exclamó de repente: '¡En fin, ya está decidido! Digan lo que digan los demás, ella se queda aquí conmigo. No habían pasado cinco minutos desde su llegada cuando quise arrodillarme para retenerla, ¡si en veinte años hubiera podido ver dónde está el suelo!' Archer la escuchaba en silencio.

La anciana continuó: 'Ya te habrán contado que la familia intentó convencerme. Lovell, Letterblair, Augusta Welland, todos. Que le cortara la pensión y aguantara hasta que ella comprendiera que debía volver con Olenski. Cuando aquel secretario, o lo que sea, vino con la última propuesta, creyeron que me habían ganado. Lo reconozco: era una oferta bastante buena. Al fin y al cabo, el matrimonio es el matrimonio y el dinero es el dinero, y cada cosa tiene su utilidad... No sabía qué decir.' Hizo una pausa y respiró hondo. 'Pero en cuanto vi a Ellen, me dije por dentro: ¡pájaro adorable, no volverán a meterte en esa jaula! Así que se quedará a cuidarme mientras yo viva. No es un porvenir muy alegre, pero parece que no le importa. Y, por supuesto, le he dicho a Letterblair que le asigne una pensión decente.' Archer la escuchaba y sentía que todo el cuerpo se le encendía. Pero en aquel momento estaba tan confuso que no sabía si la noticia era alegría o pena. Había decidido con claridad el rumbo que tomaría, y no le resultaba fácil ordenar de nuevo sus pensamientos. Poco a poco, sin embargo, lo invadió la dulce sensación de que los problemas por resolver quedaban aplazados y de que se le concedía, como un milagro, una oportunidad. Concluyó que Ellen había decidido vivir con su abuela porque comprendía que no podía renunciar a él. Esa era su respuesta a la última súplica de él, días atrás. Si no quería tomar el camino extremo que él le proponía, al fin aceptaba una solución intermedia. Él, que se había preparado para arriesgarlo todo,

se abandonó ahora a esa idea, saboreando con el alivio repentino una seguridad peligrosa y dulce. '¡Ella no podía volver. Era imposible!', exclamó Archer. 'Ah, querido mío, siempre supe que estabas de su parte. Por eso te llamé hoy. Cuando tu linda mujer quiso venir contigo, le dije: no, a quien de verdad quiero ver es a Newland, y quiero tenerlo para mí sola. ¿Y sabes por qué?' Echó la cabeza atrás cuanto le permitían sus mentones y lo miró a los ojos. 'Porque nuestra batalla no ha terminado. La familia no la quiere aquí. Dirán todos que, como he estado enferma, soy una vieja débil y me dejé convencer por ella. Todavía no estoy fuerte para pelear con ellos uno a uno, así que tendrás que pelear tú por mí.' '¿Yo?', balbuceó él. 'Sí, ¿por qué no?', replicó ella, con los ojos afilados como un cortaplumas. Su mano voló del brazo del sillón a la de él y la apretó con aquellos dedos pálidos, como garras de pájaro. '¿Por qué no?', repitió con dureza. Archer se rehízo bajo su mirada. 'Ah, es que yo cuento tan poco...', respondió. '¡Bah! ¿No eres socio de Letterblair? Pues a través de Letterblair puedes llegar hasta ellos. A menos que tengas alguna razón', dijo ella con firmeza. 'No se inquiete, abuela. Usted los vencerá de sobra sin mi ayuda. Pero, si la necesita, la ayudaré', dijo él para tranquilizarla. '¡Entonces estamos a salvo!', suspiró ella. Y con su vieja sonrisa astuta,

hundiendo la cabeza en los almohadones, añadió: 'Siempre supe que nos apoyarías, porque cuando la familia dice que debe volver con su marido, nunca te citan a ti.' Archer se sobresaltó un poco ante su aguda perspicacia, y por dentro quiso preguntar: '¿Y May? ¿A May sí la citan?' Pero le pareció más seguro esquivar la pregunta. 'Y la señora Olenska, ¿cuándo podré verla?', preguntó. La anciana rió, arrugó los párpados y puso cara pícara. 'Hoy no. De uno en uno, por favor. La señora Olenska ha salido.' Archer enrojeció de decepción, y ella siguió: 'Ha salido. Se llevó mi carruaje para ir a ver a Regina Beaufort.' La anciana esperó a que el anuncio hiciera efecto. 'A eso me ha reducido. Al día siguiente de llegar se puso su mejor sombrero y me dijo, tan tranquila, que iba a ver a Regina Beaufort. Le pregunté: ¿y quién es esa? Y me contestó: la sobrina nieta de usted, una mujer muy desdichada. Yo le dije: es la mujer de un canalla. Y ella: pues yo también soy la mujer de un canalla, y aun así toda la familia quiere que vuelva con él. Aquello me dejó sin habla y no pude detenerla. Días después me pidió el carruaje porque llovía demasiado para ir a pie. ¿Para qué?, pregunté. Para ver a mi prima Regina, me dijo. ¡Prima! Miré por la ventana: no caía una sola gota. Pero entendí lo que quería decir y le di el carruaje... Al fin y al cabo, Regina es una mujer valiente, y Ellen también, ¿no te parece? Yo siempre he preferido el valor a cualquier otra cosa.'

Archer se inclinó y besó la pequeña mano que aún cubría la suya. '¡Eh, eh! ¿A quién le estás besando la mano? ¿A tu mujer, espero?', se burló ella entre carcajadas. Y cuando él se levantaba para irse, le gritó a la espalda: 'Dale un beso de mi parte. Pero será mejor que no le digas nada de nuestra conversación.'