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Capítulo 14

Al salir al vestíbulo, Archer se encontró con su amigo Ned Winsett, el único de los 'inteligentes' de Janey con quien le gustaba hablar de las cosas un poco más a fondo que en la charla habitual del club o del restaurante. Había visto, al otro lado del teatro, la espalda encorvada y raída de Winsett, y notó una vez que sus ojos se volvían hacia el palco de los Beaufort. Los dos se dieron la mano, y Winsett propuso una cerveza en el pequeño restaurante alemán de la vuelta. Archer, que no estaba de humor para la charla que allí tendrían, rehusó con el pretexto de que tenía trabajo en casa; y Winsett dijo: 'Bueno, yo también, ya que estamos: seré también un Aprendiz Aplicado.'

Caminaron juntos, y al rato Winsett dijo: 'Mira, lo que de verdad me interesa es el nombre de la morena de tu elegante palco. Estaba con los Beaufort, ¿no? Esa por la que tu amigo Lefferts parece perder la cabeza.' Archer sintió, sin saber por qué, una leve irritación. ¿Para qué diablos quería Ned Winsett el nombre de Ellen Olenska? Y sobre todo, ¿por qué la juntaba con Lefferts? No era propia de Winsett semejante curiosidad; pero, después de todo, recordó Archer, era periodista. '¿No será para una entrevista?' dijo riendo.

'Bueno — no para el periódico; solo para mí,' respondió Winsett. 'Es que es vecina mía — raro barrio para semejante belleza — y ha sido tremendamente amable con mi hijito, que se cayó en su patio persiguiendo a un gatito y se hizo un corte feo. Ella subió corriendo, sin sombrero, con el niño en brazos, con la rodilla vendada de maravilla, y estaba tan hermosa que mi mujer se quedó demasiado deslumbrada para preguntarle el nombre.' A Archer se le encendió el corazón. La historia no tenía nada de extraordinario: cualquier mujer habría hecho otro tanto por el hijo de un vecino. Pero era muy propio de Ellen, sintió él, eso de correr sin sombrero, con el niño en brazos, y dejar a la pobre señora Winsett tan pasmada que olvidara preguntar quién era. 'Es la condesa Olenska — nieta de la vieja señora Mingott.'

'¡Vaya — condesa!' silbó Ned Winsett. 'No sabía que las condesas fueran tan buenas vecinas. Los Mingott no lo son.' 'Lo serían, si los dejaran.' 'Ah, en fin—' Era la vieja disputa interminable de ambos sobre la obstinada negativa de los 'inteligentes' a tratar a los elegantes, y los dos sabían que no valía la pena prolongarla. 'Me pregunto,' dijo Winsett tras una pausa, 'cómo hace una condesa para vivir en nuestro barrio.' 'A ella no le importa dónde vive — ni una pizca los pequeños letreros de nuestra sociedad,' dijo Archer, con secreto orgullo por el retrato que su imaginación hacía de ella. 'Hmm — habrá vivido en sitios más grandes, supongo,' comentó el otro. 'Bueno, aquí está mi esquina.' Y cruzó Broadway con su paso desgarbado,

mientras Archer lo seguía con la mirada, rumiando sus últimas palabras. Ned Winsett tenía esos destellos de penetración: eran lo más interesante de él, y siempre hacían preguntarse a Archer por qué, teniéndolos, había aceptado el fracaso con tanta calma, a una edad en la que la mayoría de los hombres todavía lucha. Archer sabía que Winsett tenía mujer y un hijo, pero nunca los había visto. Los dos se encontraban en el Century, o en algún local de periodistas y gente de teatro, como el restaurante donde Winsett había propuesto la cerveza. Winsett le había dado a entender que su mujer era inválida; lo cual podía ser cierto, o podía significar solo que la pobre carecía de dotes sociales — o de vestido de noche. O ambas cosas.

Winsett mismo sentía un odio feroz por las costumbres sociales. Archer, que se vestía de etiqueta cada noche porque lo creía más limpio y más cómodo, y que jamás se había parado a pensar que la limpieza y la comodidad son los dos renglones más caros de un presupuesto modesto, tomaba esa actitud de Winsett por aburrida pose 'bohemia'. Y esa pose siempre le parecía dejar mejor parados a los ricos que, sin hablar nunca de cambiarse de ropa ni de cuántos criados tienen, resultaban así más sencillos y menos afectados. A pesar de todo, Winsett siempre lo estimulaba, y en cuanto veía la cara flaca y barbuda del periodista y sus ojos melancólicos, lo sacaba de su rincón y se lo llevaba a conversar largo rato.

Winsett no era periodista por gusto. Era un puro hombre de letras, nacido a destiempo en un mundo que no necesitaba letras; había publicado un tomo de breves y delicados estudios literarios, del que se vendieron ciento veinte ejemplares y se regalaron treinta, mientras el resto fue destruido por el editor (según contrato) para dejar sitio a mercancía más vendible. Después abandonó su vocación y aceptó un puesto de subdirector en un semanario femenino, donde los figurines de moda y los moldes de papel alternaban con novelitas sentimentales de Nueva Inglaterra y anuncios de bebidas sin alcohol. Sobre 'El Fuego del Hogar' — así se llamaba la revista — Winsett era inagotablemente gracioso; pero bajo su humor asomaba la amargura estéril del hombre joven que probó y renunció. Su conversación llevaba siempre a Archer a tomar la medida de su propia vida y a sentir qué poco contenía; pero la de Winsett contenía aún menos, y aunque su fondo común de curiosidades intelectuales hacía sabrosas las charlas, su intercambio de ideas solía quedar en un pasatiempo de aficionados

un poco anémico. 'La verdad es que la vida no nos queda bien a ninguno de los dos,' dijo Winsett una vez. 'Yo estoy acabado: no hay remedio. Solo sé fabricar una mercancía que aquí nadie quiere, que nadie querrá mientras yo viva. Pero tú eres libre y tienes medios. ¿Por qué no te conectas con el mundo? Solo hay una manera: la política.' Archer echó la cabeza atrás y rió. Ahí se veía, de un vistazo, la diferencia insalvable entre hombres como Winsett y los de su propia clase. En los círculos elegantes todo el mundo sabía que, en Estados Unidos, 'un caballero no puede dedicarse a la política'. Pero como no podía decírselo así, respondió evasivo: 'Mira la carrera de los hombres honrados en la política americana. No nos quieren.' '¿Quiénes son ellos? ¿Por qué no se juntan ustedes y son ellos también?' La risa de Archer se quedó en una sonrisa un poco desdeñosa. Era inútil prolongar la discusión: todo el mundo conocía el triste destino de los pocos caballeros que habían arriesgado su ropa limpia en la política municipal o estatal de Nueva York. Aquel día había pasado; el país estaba en manos de los jefes de partido y del emigrante, y la gente decente quedaba relegada al deporte o a la cultura. '¡La cultura! ¡Sí — si al menos la tuviéramos!

Pero hay apenas unas parcelitas sueltas, aquí y allá, muriéndose por falta de — de cultivo y de cruce; los últimos restos de la vieja huerta europea que trajeron sus bisabuelos. Pero ustedes son una minoría lastimosa: sin centro, sin competencia, sin público. Son como el cuadro en la pared de una casa abandonada: «Retrato de un caballero». Nunca llegarán a nada, ninguno de ustedes, hasta que se arremanguen y se metan en el fango. Eso, o emigrar... ¡Dios! ¡Si yo pudiera emigrar!' Archer se encogió mentalmente de hombros y devolvió la conversación a los libros, donde Winsett, aunque inseguro, era siempre interesante. ¡Emigrar! ¡Como si un caballero pudiera abandonar su país! No podía hacerse, como tampoco arremangarse y bajar al fango. Un caballero se quedaba en casa, sencillamente, y se abstenía. Pero eso no se le podía hacer entender a un Winsett; y por eso el Nueva York de los clubes literarios y de los restaurantes exóticos, aunque al primer sacudón pareciera un caleidoscopio, acababa resultando una cajita de dibujo más monótono aún que el mundo bien ordenado de la Quinta Avenida. A la mañana siguiente, Archer recorrió otra vez la ciudad en vano

buscando rosas amarillas; y volvió con las manos vacías. Por esa búsqueda llegó tarde a la oficina, y al advertir que a nadie le importaba en absoluto su tardanza, lo asaltó una rabia súbita ante la elaborada inutilidad de su vida. ¿Por qué no estaba en este momento en la playa de San Agustín con May Welland?

A nadie engañaba su pretendida actividad profesional. En bufetes anticuados como el del señor Letterblair — dedicados sobre todo a administrar grandes fortunas e inversiones 'seguras' — había siempre dos o tres jóvenes ricos y sin ambición profesional que, cierto número de horas al día, sentados a sus escritorios, despachaban asuntos menudos o simplemente leían el periódico. Aunque se consideraba obligado que tuvieran una 'ocupación', el crudo oficio de ganar dinero seguía viéndose vulgar, y la abogacía, por ser profesión liberal, pasaba por más caballerosa que los negocios. Pero ninguno de aquellos jóvenes tenía esperanza de avanzar de veras en su carrera, ni ganas: sobre muchos de ellos se extendía ya, visible, el moho verde de lo formulario y de lo vacío. A Archer le dio un escalofrío pensar que quizá también sobre él

se estaba extendiendo. Tenía, claro, otros gustos e intereses: pasaba sus vacaciones viajando por Europa, trataba a los 'inteligentes' de los que hablaba May, y procuraba, como le había dicho a la señora Olenska con cierta melancolía, 'mantenerse al día'. Pero cuando se casara, ¿qué sería de esa estrecha franja de vida donde ocurrían sus experiencias verdaderas? Había visto ya a bastantes jóvenes que soñaron como él — aunque quizá con menos ardor — hundirse poco a poco en la rutina plácida y opulenta de sus mayores. Desde la oficina mandó, por un mensajero, una nota a la señora Olenska:

preguntaba si podía visitarla esa tarde, y rogaba que la respuesta lo esperara en el club. Pero en el club no encontró nada, ni al día siguiente recibió palabra. Aquel silencio inesperado lo mortificó más allá de lo razonable, y aunque a la mañana siguiente vio en el escaparate de una florería un ramo glorioso de rosas amarillas, pasó de largo y las dejó allí. Solo a la tercera mañana llegó, por correo, una línea de la condesa Olenska; para su sorpresa, venía de Skuytercliff, adonde los van der Luyden habían escapado apenas embarcaron al duque. 'Me fugué,' empezaba la carta bruscamente,

(sin el encabezamiento de costumbre), 'al día siguiente de verlo en el teatro, y estos amigos bondadosos me han recogido. Quería estar tranquila y pensar las cosas. Tenía usted razón: qué buenos son conmigo. Me siento muy segura aquí. Ojalá estuviera usted con nosotros.' Terminaba con un 'sinceramente' de rigor, sin la menor alusión a la fecha de su regreso. El tono de la carta sorprendió a Archer.

¿De qué se fugaba la señora Olenska, y por qué necesitaba sentirse segura? Su primer pensamiento fue una amenaza oscura del extranjero; luego recordó que no conocía su estilo epistolar, quizá dado a la exageración pintoresca. Las mujeres siempre exageran; y además ella no dominaba del todo el inglés, que hablaba a menudo como si lo tradujera del francés. 'Je me suis évadée—': puesto así el comienzo, bien podía significar tan solo que había querido huir de una aburrida ronda de compromisos, muy probable, pues la juzgaba caprichosa y pronta a cansarse del placer del momento. Le divirtió pensar que los van der Luyden se la habían llevado a Skuytercliff por segunda vez,

y ahora por tiempo ilimitado. Las puertas de Skuytercliff se abrían rara vez a un invitado, y un frío fin de semana era lo más que se concedía a los poquísimos elegidos. Pero Archer había visto en París, en su última visita, la deliciosa comedia de Labiche 'El viaje del señor Perrichon', y recordaba el apego terco e inagotable del señor Perrichon al joven que había sacado del glaciar. Los van der Luyden habían rescatado a la señora Olenska de un destino casi igual de helado; y aunque hubiera en su interés otras muchas razones, Archer sabía que bajo todas ellas vivía la decisión, suave pero obstinada, de seguir rescatándola.

Sintió una decepción bien clara al saberla lejos; y casi enseguida recordó que, apenas el día anterior, había rechazado una invitación de los Reggie Chivers para pasar el domingo próximo en su casa del Hudson, unas millas más abajo de Skuytercliff. Estaba harto de las ruidosas fiestas de Highbank, con sus trineos, sus barcos de hielo, sus caminatas por la nieve, su coqueteo suave y sus bromas de siempre. Acababa de recibir una caja de libros nuevos de su librero de Londres, y había preferido quedarse en casa un domingo tranquilo con su botín. Pero ahora fue derecho al cuarto de escribir del club,

redactó a toda prisa un telegrama y ordenó al criado que lo llevara de inmediato. Sabía que a la señora de Reggie Chivers no le molestaba que sus invitados cambiaran de idea de repente, y que en su casa elástica siempre había un cuarto de sobra.